1) Un robot no puede hacerle daño a un ser humano o, por inacción, permitir que un ser humano sufra un daño.
2) Un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos, excepto si estas órdenes entrasen en conflicto con la primera ley.
3) Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la primera o la segunda ley.
Estas leyes de la robótica definidas por Isaac Asimov constituyen el eje de buena parte de su obra, una de las columnas de la edad de oro de la ciencia ficción. Mientras Arthur C. Clarke exploraba el espacio encontrando monolitos y planteando dudas metafísicas, Asimov espiaba el futuro de la Tierra, convencido de que el advenimiento de las inteligencias artificiales nos cambiará la vida.
En cierto modo, Asimov fue un moderno Erasmo de Rotterdam. Se decía que en aquel filósofo holandés se concentraba todo el conocimiento del siglo XV. Asimov fue capaz de escribir sobre los más diversos temas, en una producción conformada por más de 400 libros, entre obras de ficción y no ficción.
Ejemplos de su enciclopédico y erudito trabajo de divulgación son “El universo” y la “Guía Asimov para la Biblia”, además de su monumental recopilación de la historia de la civilización, en 14 volúmenes. Al mismo tiempo, se sumergió en los cómo y en los por qué de distintas disciplinas científicas. Admirable.
El verano invita a recorrer los mundos y los personajes que la imaginación de Asimov fue soltando durante décadas, hasta su muerte en 1992. Había nacido en Rusia el 2 de enero de 1920: el jueves se cumplen 94 años.
La más famosa de sus sagas es la de Fundación, siete libros enfocados en la colonización humana de la galaxia que van de “Preludio a la Fundación” hasta “Fundación y Tierra”. Los robos y sus leyes constituyen el núcleo de los relatos, por lo que vale la pena adentrarse en los trabajos previos sobre el mismo tema. Y para eso el primer paso son los cuentos de “Yo, Robot” y las novelas “Las bóvedas de acero”, “El sol desnudo”, “Los robots del amanecer”, “Robots e imperio” y “El hombre bicentenario”.
También engarza aquí la Trilogía del Imperio Galáctico: “En la arena estelar”, “Las corrientes del espacio” y “Un guijarro en el cielo”.
Los viajes en el tiempo fueron abordados por Asimov en “El fin de la eternidad”, un clásico de todos los tiempos de la ciencia ficción; mientras que en “Los propios dioses” la historia gira en torno a una raza extraterrestre decidida a apropiarse de los recursos naturales de nuestro sistema solar. De su última época sobresale la inquietante “Némesis”.